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LA PALABRA INVITADA
EL MES PATRIO ¿QUÉ CONMEMORAR? Por Víctor Manuel Barceló (LD 06-09-10)
Correo electrónico: v_barcelo@hotmail.comArmand Mattelart -estudioso de las culturas- afirma: “como una clientela más en el mercado de los productos culturales, los países latinoamericanos beben en esta cultura de masas y están sometidos, en todos los frentes, a su ofensiva cotidiana, convertida en el nuevo medio natural de los signos de la modernidad”. Se acentúa y entra al pantano, cuando el gobierno promueve y paga tales desatinos. Quien tenga interés y ganas –las hemos perdido en buena medida- analice con detenimiento y crítica social: alcances de cada “estrella más del bicentenario”; el porqué del retorno del mañanero y el cómo de la aniquilación de auténticas iniciativas ciudadanas. Lo que queda entra en ámbitos manidos de caridad, fe y otras linduras del siglo XIX. En ese entorno de control mediático es imperativo volver al pasado, a la historia. ¿Pero que razones hay para mirar ese ayer? Conveniente mostrar que la historia, de cara al futuro, brinda lecciones invaluables -políticas u otras- que si fueron benéficas, exitosas para los pueblos, merecen utilizarse en el presente, o desecharse si fueron nefastas. Los libros de texto –ahora- tienen faltas de ortografía –me decía un grupo de maestros respetables y queridos-. Agregaríamos que, en ellos se mutilan o pervierten, porciones vitales de la historia nacional. Circulan por allí dos volúmenes: el primero de un afamado historiador que se nos fue –Luís González y González- al que dan -¿con permiso de quien?- una presentación de panfleto político, a una obra acuciosa, seria. El otro pretende, repartido por millones, superar al de Cosío Villegas y su grupo -“Nueva historia mínima de México”- empequeñeciendo personajes, apoyándose en historiadores comprometidos con intereses, desechando hechos, datos fundamentales para entender nuestra diversidad cultural, lingüística. La historia tradicional insiste en la importancia de estudiar el pasado para asimilar lecciones que de él se desprenden. Cicerón, en el siglo I AC afirmó que la “historia es (…) maestra de la vida”. Cervantes retruca -siglo XVI- es “advertencia de lo por venir”. El pueblo diría que es saber por dónde, para no volver a toparnos con la misma piedra. ¿Pero cuáles son esas lecciones? ¡Vive Dios! –como diría el clásico- si me atreviese a insinuar siquiera, críticas a la Historia tradicional. Pero con Alfonso Sierra Partida y Jesús Sotelo Inclán –ambos recordados y queridos maestros- aún esperamos esas lecciones de la historia -en las que ésta es maestra- que nos permitan otear, advertir el porvenir. Urge verificar la historia de la humanidad, la de Occidente y dentro de ella, de México, para tener certezas de lo que acaeció y como poder moldearlo a necesidades de pueblos y comunidades. Éstos, hasta ahora solo reciben migajas de los regímenes que vienen desde: la Colonia, el México independiente –incluida la Reforma- el Porfiriato y la Revolución Mexicana –con esfuerzos exitosos en la segunda y cuarta, que no cuajan definitivamente-. En cada momento estelar de la historia nuestra, hay claridad en el cómo actuar para el bienestar colectivo, plasmado en Constituciones –Apatzingán en 1813, 1824, 1857 y finalmente 1917-. Pero la derecha se reacomoda y sus “Siete Leyes” y otros empeños espurios, abren puertas a terribles males. Ejemplo es la Guerra de Texas –¡cuidado con lo que ocurre ahora!- que nos llevó a perder esa porción territorial, a manos del imperio. De allí provino la injusta invasión estadounidense que nos cercena más de medio territorio. Posteriormente van los conservadores a Europa -vencidos en los campos de batalla- buscando un príncipe que viniera a “salvar” sus privilegios. Pero también el elegido por Napoleón y su gente nativa, encuentran la férrea voluntad de Benito Juárez y su generación. Los liberales les hace “morder el polvo” de los caminos que el Benemérito recorre. Así pagan su intento de reinstaurar un imperio. Por ello es fundamental para calcular un futuro prometedor, saber lo positivo de lo hecho en el pasado y de allí obtener certezas que nos inserten adecuadamente en la puja internacional Norte–Sur, ahora que el poder hegemónico imperial está en el tobogán del deterioro, arrastrándonos con él, rumbo al colapso. Tenemos que soltar amarras. Rememoremos a Simón Bolívar al afirmar que: “Cuando el débil se alía del poderoso, se vuelve su lacayo”. Urjamos, por tanto, a expertos para que se sienten a crear hipótesis y formulaciones, que ayuden a entender la evolución de la historia de los pueblos. Precisar que el azar no existe. Siempre hay leyes invariables que, como tales, tienen valor prospectivo, permitiendo escrutar sucesos. Hay constantes que rigen la historia, que actúan, por encima de la voluntad y deseos del ser humano -subjetivos e inasibles-. Son los factores objetivos, asequibles, manifiestos y evidentes. A diferencia de las frágiles, apriorísticas y fementidas –emulando a Sor Juana- razones que predominan en los cenáculos hieráticos, hay explicaciones sólidas y certeras para entender el “éxito” de unos pueblos y el “fracaso” de otros. Superemos el maniqueísmo histórico de que habla Patricia Galeana –usado para denigrar a personajes como Hidalgo, con apreciaciones de sus detractores- y vayamos a construir la patria al conjuro de Renán: como “el plebiscito de todos los días”. Asumir un Proyecto de Nación consensuado es imperativo del momento. Para ello pasemos más allá del recuento cronológico de acontecimientos, de su versión oficial –enredada según la línea política del momento- y el escaso o nulo rigor en el uso de técnicas e instrumentos para el adecuado examen y verificación de datos –con auxilio de otras disciplinas- para cimentar una interpretación científica de la Historia. Esta sería una conmemoración pertinente: saber de donde venimos y hacia adonde queremos ir. Somos la generación obligada para actuar. No perdamos la oportunidad de hacerlo. Correo electrónico: v_barcelo@hotmail.com Villah. Tab. 5-Sep-2010
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